17 de julio de 2008

Cazador y presa

"Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía".


Jean-Jacques Rousseau

* * * * *

Ben se recuesta en la litera y sonríe. El Predicador acaba de interrumpir su perorata. El Predicador está sentado frente a Ben, al otro lado de la celda que comparten, y lo taladra con sus ojos negros. El Predicador trata de adivinar. No es que Ben no le haya contado todo lo que les contó a los demás en el juicio: al alcalde Stidger, al señor McGlumphey, al juez Stathers y al jurado. Es decir, todo menos lo único que querían saber de veras. Ben no se lo piensa contar a nadie. Pero se dedica a una especie de juego: ponerle la miel en los labios al Predicador. Ben cuenta la historia una y otra vez, y el Predicador, sentado con el cuerpo encorvado, presta atención a cada palabra, a la espera del descuido que nunca llega.

Porque estaba rotundamente cansado de ser pobre. Eso es, ni más ni menos, lo que ocurrió, Predicador. Estaba harto de cobrar todos los viernes mi mísero jornal en la ferretería de Moundsville y de ir al banco del señor Smiley en día de paga y ver cómo abría aquel pequeño cajón lleno de billetes de diez dólares, de cincuenta y de cien; cada vez que los miraba me quedaba sin respiración pensando en las cosas que podría comprarles a Willa y a mis hijos.

¡Codicia y concupiscencia!

Sí, Predicador, eso sentía. Pero había algo más, ¿sabes? No lo quería sólo para mí.

¡Mataste a dos hombres, Ben!

Es cierto, Predicador. Un día engrasé el pequeño Smith & Wesson que el señor Blankensop guardaba en el escritorio de tapa corrediza que tiene en la ferretería y me dirigí al banco del señor Smiley y apunté con el revólver al señor Smiley y al cajero Corey South y le dije a Corey que me entregara aquel gran montón de billetes de cien dólares. ¡Te juro por Dios que nunca has visto un montón semejante, Predicador!

¡Por valor de diez mil dólares, Ben Harper!

Entonces el señor Smiley me dijo que estaba loco y Corey South trató de coger la pistola que tenía en el cajón, y les disparé a él y al señor Smiley, y mientras me acercaba para quitarle a Corey aquel montón de dinero el señor Smiley cogió la pistola, la levantó, y me atravesó el hombro de un disparo. Eché a correr, asustado, y antes de darme cuenta me metí en el coche y volví a ca
sa.

¿Con el dinero?

Sí.

¿Y entonces?

Ben Harper sonríe.

Pues bien, aquella tarde vinieron por mí por la carretera del río… el sheriff Wiley Tomlinson y cuatro policías.

¿Y tú dónde estabas, Ben?

En casa, Predicador. Ya no podía huir más. Estaba en el ahumadero con mis dos hijos… John y mi pequeña y dulce Pearl.

¿Y el dinero, Ben? ¿Qué ha sido de él? ¿Qué hay de esos diez mil dólares?

Ben sonríe de nuevo y se escarba los incisivos con la uña del pulgar.
¡Vete a la mierda, Predicador!, le dice en voz baja, sin rencor.

¡Escúchame, Ben Harper! No te servirá de nada adonde vas. ¿De que sirve el dinero en el cielo o el infierno? ¿Eh, muchacho?

Davis Grubb (La noche del cazador)

* * * * *

La historia transcurre en la Norteamérica de la Depresión, donde la miseria reina por todos lados y la gente intenta ganarse la vida de cualquier manera. Ben Harper, un humilde trabajador de una ferretería, atraca el banco local en un intento desesperado por sacar a su familia de la precariedad en la que viven, llevándose una gran suma de dinero y dejando atrás dos muertes inintencionadas.

Decidido a no revelar el paradero del dinero robado, Ben es condenado a la pena máxima. Pasa sus últimos días compartiendo celda con un hombre siniestro y misterioso que se hace llamar el Predicador, aunque su interpretación de la palabra del Señor es un tanto singular. Este intenta desesperadamente sonsacarle a Ben el secreto que con tanto celo guarda sin obtener ningún éxito, pero lo que sí consigue es una valiosa información sobre el paradero de su familia. Una vez en libertad y ejecutado el cabeza de familia, el Predicador se dirige al pueblo de Ben donde usará todas las argucias y amenazas posibles para encontrar el anhelado tesoro sin dudar en emplear la fuerza hasta las últimas consecuencias.


Davis Grubb (1919-1970) nos presenta con gran maestría a un personaje de los que no se olvidan fácilmente. El Predicador es un hombre con un magnetismo hipnótico del que es difícil zafarse. El autor lo retrata como un hombre piadoso y honrado que busca ayudar a la gente y difundir la palabra del Señor, pero en su cara oculta esconde una sombría personalidad propia más de un criminal sin escrúpulos que como el mejor de los discípulos de Maquiavelo, es capaz de embaucar a cualquiera camuflando sus verdaderas motivaciones entre bonitas palabras.

Su fuerza radica en su oratoria, pero también en su ocupación. En medio de una sociedad miserable que pugna por mantener viva la esperanza de que volverán tiempos mejores, a muchos es sólo su fe lo que les mantiene aún en la lucha por sobrevivir. En este entorno, la palabra de un hombre de Dios, tiene una fuerza y una autoridad que no son puestas en duda. El Predicador es la ley moral, y él es consciente de ello. Conoce el efecto que causa sobre la gente, sobre todo sobre jóvenes mujeres desamparadas, y se aprovecha de ello. Su comportamiento no es puramente cínico e hipócrita, ya que realmente se cree un designado por Dios para corregir la moral que había sumergido a América en la ruina.

Sólo la inocente mirada de un niño es capaz de descifrar la maldad del Predicador. Es sólo una sensación, un instinto infantil, pero John tiene la certeza, incluso antes de que se confirmen sus temores, de la verdadera intención del Predicador. Por las circunstancias que le toca vivir, John es arrancado de su infancia y abandonado en el mundo de los adultos de un día para otro. La promesa que le hizo a su padre es una losa para un niño tan pequeño, y él se ve obligado a cargar con ella sin ayuda. Tan sólo su hermana Pearl conoce el secreto, pero siendo menor que él, ella ni siquiera es consciente de la gravedad de los acontecimientos, por lo que John, se tendrá que ocupar de ella además de preocuparse por sí mismo. Esto requerirá una nobleza y una responsabilidad impropias de un niño que empujarán a John a madurar a marchas forzadas para convertirse en el nuevo cabeza de familia.

Escrita en una prosa impecable, directa y sin demasiados artificios, la trama está salpicada de un secretismo tenebroso que crea una atmósfera de intranquilidad. El lector sentirá, tal como le ocurre a John, la amenaza del Predicador siempre pisándole los talones incluso en sus más oscuras pesadillas. La historia es una constante persecución en la que la tensión se palpa desde las primeras páginas. Parece que sólo puede haber dos posibles desenlaces: que el cazador cace o que sea cazado. Sólo así podrá finalizar la agónica carrera de uno por salvar la vida y del otro por conseguir el tan ansiado botín.

Curiosamente esta gran novela se adaptó para la gran pantalla en 1955 siendo dirigida por Charles Laughton y se convirtió en un gran clásico. Mucha gente conocerá más la película que la propia novela, pero aunque se hizo una buena adaptación en el cine, sigue siendo una delicia devorar sus intrigantes páginas.