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11 de mayo de 2008

Historia universal del amor

"Nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción".

Groucho Marx

* * * * *

En cualquier caso, después de la vida vegetal, vino la vida animal, el seguro de vida y finalmente el agente de seguros que nos telefonea que ha vencido nuestra póliza y que hemos de pagar inmediatamente, si no queremos que quede sin efecto.

Y ahora dejaremos ya la Edad Ostreolítica, lo que a nadie alegrará más que a mí.

Transcurrieron cincuenta y dos mil años… un breve instante en la insondable eternidad. ¡Eternidad! El concepto del infinito es de difícil comprensión para nuestras mentes, pero creo que yo puedo explicarlo. Tomemos, por ejemplo, la distancia existente entre el sol y la tierra. O, mejor aún, tomemos un número, del uno al diez. Doblémoslo. Añadamos doce. Restemos el número inicial. ¿A que el total es nueve? ¡Claro que sí!

Ahora, si multiplicamos esos nueve por millones de años-luz, nos formaremos una idea de la importancia que llegó a alcanzar el amor para el velludo bruto (Homo Carvus) que se sentaba sobre un pedrusco mohoso a la puerta de su cueva, a meditar sobre los encantos de su evolucionada civilización.

En este estadio, el hombre poseía ya brazos, piernas, columna vertebral y ojos. Su mentón había retrocedido, pero apenas se notaba a causa de la barba que cubría casi todo su rostro. De todas formas, demostraba aptitudes suficientes para ingresar en el casino de la localidad. (El casino aún no había sido concebido, pero contaba ya con miembros que se sentaban a fisgar desde sus ventanas; sin duda esperando a que el edificio creciera a su alrededor).

A pesar de la barba el primitivo hombre de las cavernas tenía una mentalidad infantil y, si se diferenciaba un sexo de otro, era más por instinto que por razón. Distinguía a un hombre de una mujer pero no sabía por qué. Esta natural ignorancia proporcionó muchos disgustos al Homo Carvus, hasta que uno de su género, más astuto que sus contemporáneos, realizó un descubrimiento. Observando todo el día desde la entrada de su cueva y viendo pasar gente arriba y abajo, se sintió súbitamente iluminado. Las personas que llevaban faldas eran mujeres y las que llevaban pantalones eran hombres, con excepción de los escoceses.

A partir de aquel momento, la vida se simplificó notablemente. El hombre de la caverna dejó de andar sobre sus cuatro extremidades, porque el genio antes mencionado descubrió también que andando sólo con los pies, se necesitaba un par de zapatos en lugar de dos. Así, aquel portento de su era inventó también la economía, ciencia lógica y necesaria en aquellos lejanos tiempos, lo mismo que hoy en día.


Groucho Marx(Memorias de un amante sarnoso)

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¿Tienes un mal día? ¿Hundido en problemas cotidianos? ¿Hastiado de tanta monotonía? Prueba el momento "Kit-Kat" que nos brinda esta divertida comedia por uno de los actores cómicos más conocidos del blanco y negro.

Nadie como Groucho para levantarnos el ánimo. En esta breve novela nos desvela todos sus secretos de Don Juan frustrado sin pelos en la lengua. A través primero de un recorrido por la historia universal del amor y a continuación por una serie de anécdotas personales que versan sobre el tema del flirteo, nos invita una "profunda" reflexión sobre el tratamiento sentimental que compartimos los seres humanos. Aunque, desgraciadamente, no revele la receta definitiva para el éxito en dicho campo, si nos brinda una gran cantidad de oportunidades de partirse de risa. Ya trate de la vida de la farándula, de las fiestas de postín, o de algunas cuestiones capitales de la visión "marxista" de la vida, nada escapa a su mordaz incontinencia verbal.

Después de casi un siglo, el humor de los Hermanos Marx sigue siendo un punto de referencia para todo cómico de lo absurdo que se precie. Si bien es cierto pierde la gracia que le añaden sus inigualables interpretaciones, la novela no desmerece en absoluto a su propio autor. No se trata de una comedia indispensable en el haber bibliográfico de cada uno, pero si es recomendable para leer a modo de "descanso" entre novelas más extensas y/o trascendentes o incluso como remedio a la "pasión de ánimo" (termino acuñado por mi tía abuela para describir un estado o episodio de malestar psicológico y tal vez físico con síntomas como la apatía, la desgana, el desánimo o la depresión leve debidos a la vida loca que llevamos hoy en día).

Lo dicho, que os lo leáis si encontráis el momento. Carcajada asegurada.

11 de febrero de 2008

El tonto, la ingenua, el viejo verde y la viuda negra...

"Ningún tonto se queja de serlo, no les debe ir tan mal..."

Noel Clarasó
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Lockhart había cosechado ya algún que otro éxito en Sandicott Crescent. Tras haber enviado a Little Willie, el perro salchicha de los Pettigrew, a esa otra vida sobre cuya existencia los Wilson no tenían ya ninguna duda, empezó a gozar de una mayor libertad de movimientos en sus expediciones en solitario por la reserva de aves y los jardines. El señor Grabble, que tenía una esposa a la que Lockhart ya había tenido ocasión de ver en brazos del señor Simplon, era delegado en Europa de una empresa de ingeniería electrónica y viajaba al extranjero con regularidad. La señora Grabble y el señor Simplon aprovechaban estas ausencias para concertar lo que Lockhart llamaba “sus citas”. El señor Simplon dejaba su coche aparcado a dos calles de distancia y se trasladaba al hogar de la señora Grabble a pie. Cuando la cita se daba por terminada, volvía andando hasta su coche y regresaba a su casa junto a su esposa, en el número 5. Investigaciones posteriores revelaron que el señor Grabble había dejado un número de teléfono de Amsterdam, donde siempre se le podía localizar en caso de que una emergencia así lo requiriera. Lockhart lo descubrió gracias a la sencilla maniobra de abrir la puerta principal del número 2, con la llave del difunto señor Sandicott, y revolver el escritorio de los Grabble hasta encontrar una agenda. Así pues, una calurosa tarde de junio Lockhart se tomó la molestia de enviar un telegrama a Amsterdam en el que aconsejaba al señor Grabble que regresara a su casa lo antes posible, por encontrarse su mujer enferma de tal gravedad que su traslado no era aconsejable. Después de firmarlo con el nombre ficticio de doctor Lockhart, se encaramó sin ser visto a un poste de telégrafos de la reserva natural de aves y cortó la línea de los Grabble. Una vez hecho esto, regresó a su casa y se tomó una taza de té, para volver a salir al anochecer y apostarse en la esquina de la calle en la que el señor Simplon solía dejar su coche aparcado. El coche ya estaba allí.

Habían pasado veinticinco minutos escasos cuando el señor Grabble, conduciendo de un modo temerario, más preocupado por su mujer de lo que ella se merecía y sin ningún miramiento para con el resto de usuarios de la calzada, pasó por East Pursley como una exhalación hasta desembocar en Sandicott Crescent. El coche no estaba en su sitio cuando el señor Simplon, desnudo y cubriéndose las partes pudendas con ambas manos, huyó precipitadamente por el caminito del garaje de los Grabble y dobló la esquina enloquecido. En efecto, el coche estaba en el garaje de los Simplon , donde Lockhart lo había aparcado con un bocinazo alegre que advertía a la señora Simplon que su maridito estaba en casa, antes de cruzar el campo de golf tranquilamente para ir a reunirse con Jessica en el número 12. A su espalda, los números 5 y 2 vivían un holocausto doméstico. El descubrir que su esposa, lejos de estar enferma, estaba atareada copulando ardientemente con un vecino que, por ende, nunca le había caído bien, y que le habían obligado a venir desde Amsterdam hecho un manojo de nervios únicamente para restregarle aquella cosa tan fea por las narices –que tampoco se había olido hasta entonces, fue demasiado para la capacidad de aguante del señor Grabble. Los alaridos de la señora Grabble y los chillidos de su esposo, que utilizó primero un paraguas y luego, tras romperlo, una lámpara Anglepoise que encontró encima de la mesita de noche para expresar sus sentimientos, se oían desde la otra punta de la calle. Resultaban especialmente audibles desde la casa de sus vecinas, las señoritas Musgrove, que habían invitado al vicario y a su mujer a cenar. También fueron audibles para la señora Simplon. El hecho de que su marido, que acababa de aparcar en el garaje, apareciera con tanta frecuencia en las invectivas del señor Grabble la indujo a investigar la paradoja de que su marido pudiera encontrarse en dos lugares distintos a la vez. Un nuevo comentario del señor Grabble le proporcionó un tercer lugar: la señora Grabble. La señora Simplon apareció en el umbral de la puerta exactamente en el mismo momento en que el vicario –empujado tanto por la curiosidad de las señoritas Musgrove como por su deseo de interferir en un desastre doméstico se asomaba a la puerta del número 4. La colisión del vicario con un señor Simplon desnudo, que había hecho acopio de todo su valor y regresaba a su casa corriendo, tuvo por lo menos la ventaja de aclararle qué había estado haciendo su marido y con quién en casa de los Grabble. Y no es que hicieran falta tantas explicaciones. El señor Grabble había mostrado mucha claridad al respecto. Sin embargo, el reverendo Truster no estaba tan bien informado. Como no había visto nunca al señor Grabble en carne y huesos dio por supuesto que aquel hombre desnudo que temblaba en el suelo a sus pies era un pecador, que maltrataba a su esposa y acudía a él arrepentido.

– Hijo mío –le dijo el vicario–, éste no es modo de enfocar la vida conyugal.

Tom Sharpe (El bastardo recalcitrante)

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Lockhart Flawse, hijo ilegítimo cuya madre murió en el parto sin revelar la identidad de su padre, vive con su abuelo, un viejo verde de lujuria incontenible. Su abuelo se niega a inscribirle en el registro hasta no saber quién es el padre del chico y sólo se dirige a él llamandole "bastardo". Lockhart crece inocente e ingenuo en las montañas de Escocia, amparado por un extraño mayordomo, pastor y único sirviente de la mansión de su abuelo.

Pasa el tiempo y el abuelo decide irse de crucero con Lockhart con una doble intención: conseguir una mujer para satisfacer sus ardientes deseos y buscarle una esposa a su nieto para deshacerse de él. Durante el viaje, el joven se enamora de una chica igualmente ingenua, con los mismos problemas que él para entender los secretos de la vida, pero convencida de que Lockhart es su príncipe azul. Con ella viaja su madre, una ambiciosa y despiadada viuda dispuesta a cazar al señor Flawse, aprovecharse de fortuna y acabar pronto con su vida. Pero los objetivos contrapuestos de todos estos personajes acabarán por enredarlo todo.



Una comedia desternillante, de diálogos ingeniosos que arrancan más de una carcajada. No se trata de una novela enriquecedora para el lector, pero sin duda se pasa un buen rato deborando sus páginas. La más aguda ironía se entremezcla con situaciones absurdas provocadas por la misma naturaleza de los personajes. En definitiva, un despiadado estallido de humor negro y ácida comicidad vertido sobre las costumbres, historia y sociedad británica.

10 de febrero de 2008

El estafador que se hizo cartero

"Un libro, aun sin ser mágico, es tremendamente peligroso. Una persona se sienta a escribir un libro sobre política económica, y miles de personas mueren simplemente porque alguien no ha entendido el chiste".

Terry Pratchett

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‘The first interesting thing about angels, Mr Lipwig, is that sometimes, very rarely, at a point in a man’s career where he has made such a foul and tangled mess of his life that death appears to be the only sensible option, an angel appears to him, or, I should say, unto him, and offers him a chance to go back to the moment when it all went wrong, and this time do it right. Mr Lipwig, I should like you to think of me as . . . an angel.’

Moist stared. He’d felt the snap of the rope, the choke of the noose! He’d seen the blackness welling up! He’d died!

‘I’m offering you a job, Mr Lipwig. Albert Spangler is buried, but Mr Lipwig has a future. It may, of course, be a very short one, if he is stupid. I am offering you a job, Mr Lipwig. Work, for wages. I realize the concept may not be familiar.’

Only as a form of hell, Moist thought.

‘The job is that of Postmaster General of the Ankh-Morpork Post Office.’

Moist continued to stare.

‘May I just add, Mr Lipwig, that behind you there is a door. If at any time in this interview you feel you wish to leave, you have only to step through it and you will never hear from me again.’

Moist filed that under ‘deeply suspicious’.

‘To continue: the job, Mr Lipwig, involves the refurbishment and running of the city’s postal service, preparation of the international packets, maintenance of Post Office property, et cetera, et cetera—’

‘If you stick a broom up my arse I could probably sweep the floor, too,’ said a voice. Moist realized it was his. His brain was a mess. It had come as a shock to find that the afterlife is this one.

Lord Vetinari gave him a long, long look.

‘Well, if you wish,’ he said, and turned to a hovering clerk. ‘Drumknott, does the housekeeper have a store cupboard on this floor, do you know?’

‘Oh, yes, my lord,’ said the clerk. ‘Shall I—’

‘It was a joke!’ Moist burst out.

‘Oh, I’m sorry, I hadn’t realized,’ said Lord Vetinari, turning back to Moist. ‘Do tell me if you feel obliged to make another one, will you?’

‘Look,’ said Moist, ‘I don’t know what’s happening here, but I don’t know anything about delivering post!’

‘Mr Moist, this morning you had no experience at all of being dead, and yet but for my intervention you would nevertheless have turned out to be extremely good at it,’ said Lord Vetinari sharply. ‘It just goes to show: you never know until you try’

Terry Pratchett (Going Postal)

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Moist von Lipwig, un escurridizo estafador con varias identidades, es al fin capturado y condenado a muerte en la ciudad de Ankh-Morpork. Sin embargo, Lord Vetinari, el gobernador de la ciudad, tiene planes

para él. Trás simular su muerte, le "sugerirá" aceptar el puesto de director de la oficina de correos de la ciudad, organismo que, desde hace decadas está inutilizado y cuyos últimos directores habían encontrado una horrible muerte en circunstancias misteriosas.

Impulsado por la idea de hacer renacer lo que antaño fue un próspero negocio, pasará por dificultades que sólo su ingenio de ex-farsante podría resolver. En su lucha por reconstruir la oficina de correos tendrá a sus más temibles enemigos en la compañía de las "Torres de luz", cuyo sistema de mensajería hasta entonces sin rival, se ve amenazado ante el creciente éxito de Moist.


Como el resto de los libros de la serie, Going Postal nos sumerge en un mundo de ciencia ficción que es, sin embargo, muy real. Al cabo de unas páginas, hasta el suceso más extraordinario nos parece cotidiano.

La maestría del autor se ve sobre todo reflejada en el tono irónico y en la larga lista de guiños al lector con los que elabora una crítica profunda de la sociedad en la que vivimos en clave de humor. Por estas razón es aconsejable leerlo en versión original para no perderse algunos matices de los juegos de palabras que no se conservan en la traducción.

Es un libro que rebosa ingenio y cuya lectura además de divertida se hace casi compulsiva una vez que te has introducido en el "Mundodisco". Muy recomendable para aquellos que disfrutan con el humor inteligente y las novelas de aventuras.