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23 de enero de 2010

Había una vez...

"Y el motivo de que nos faltara tiempo es que había empezado a leerle en voz alta. El día siguiente a nuestra conversación, Hanna me preguntó qué cosas aprendía en el colegio. Le hablé de los poemas de Homero, de los discursos de Cicerón y de la historia de Hemingway en la que un viejo lucha contra un pez y contra el mar. Ella quería saber cómo sonaban el latín y el griego, y le leí fragmentos de la Odisea y de las Catilinarias.

- ¿Y no aprendes también alemán?
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Sólo aprendes lenguas extranjeras, o también os enseñan algo en la lengua del país?
- Sí, nos hacen leer cosas.


Mientras estaba enfermo, mis compañeros habían leído
Emilia Galotti e Intriga de amor, de Schiller, y teníamos que entregar un trabajo sobre esos libros. Así que tenía que leérmelos, pero siempre iba dejándolo para más adelante. Cuando por fin tenía tiempo para leer, ya se había hecho tarde y estaba cansado, de modo que al día siguiente no me acordaba de lo que había leído y tenía que volver a empezar.

-¡Léemelo!
- Léelo tú misma, te lo traeré.
- Tienes una voz muy bonita chiquillo. Me apetece más escucharte que leer yo sola.
-Uf..., no sé.


Pero al día siguiente, cuando fui a besarla, retiró la cara.
- Primero tienes que leerme algo."

Bernhard Schlink (El lector)

Un día Michael se empieza a encontrar mal volviendo del colegio a casa y una mujer acude en su ayuda. Tras unas semanas de enfermedad, Michael se siente en el deber de ir a darle las gracias a la desconocida. Este será el comienzo de una relación secreta entre ambos que marcará profundamente a Michael. Lo más sorprendente serán las circunstancias de su reencuentro años más tarde en el que se destapará el misterioso y oscuro pasado de Hanna y que sumirá a Michael en un estado de desasosiego y sentimientos contrapuestos.

En esta breve novela, el autor nos narra con eficiencia y sobriedad la poco común relación que viven los protagonistas y cómo esto moldea la personalidad del joven muchacho. Una historia también sobre las heridas abiertas de la historia y de cómo generaciones que no han vivido directamente los conflictos, también se ven salpicados por ese ambiente hostil que tanto tarda en apaciguarse. Y hasta aquí puedo leer...

1 de octubre de 2008

Un drama mundial a través de los ojos de un niño

"La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente".

Víctor Hugo
* * * * *

Para empezar, no eran niños. Al menos no todos. Había niños pequeños y niños mayores, pero también padres y abuelos. Quizá también algunos tíos. Y unas cuantas personas de las que viven en las calles y que parecen no tener familia.

—¿Quiénes son? —preguntó Gretel, tan boquiabierta como solía quedarse su hermano últimamente—. ¿Qué clase de sitio es ése?

—No estoy seguro —dijo Bruno, sin faltar a la verdad—. Pero no es tan bonito como Berlín, eso sí lo sé.

—¿Y dónde están las niñas? ¿Y las madres? ¿Y las abuelas?

—A lo mejor viven en otra zona.

Gretel no quería seguir mirando, pero le resultaba muy difícil apartar la mirada. Hasta entonces, lo único que había visto era el bosque hacia el que estaba orientada su ventana; parecía un poco oscuro, pero quizá más allá hubiera algún claro donde hacer meriendas campestres. Sin embargo, desde aquel lado de la casa el panorama era muy diferente.

A primera vista no estaba tan mal. Justo debajo de la ventana de Bruno había un jardín bastante grande y lleno de flores en pulcros y ordenados arriates. Parecían muy bien cuidados por alguien que hubiera comprendido que plantar flores en un sitio como aquél era una buena idea, como lo habría sido, durante una oscura noche de invierno, encender una velita en el rincón de un lúgubre castillo situado en medio de un brumoso páramo.

Más allá de las flores había un bonito adoquinado con un banco de madera, donde Gretel se imaginó sentada al sol leyendo un libro. En el respaldo del banco se veía una placa, pero desde aquella distancia no logró leer la inscripción. El asiento estaba orientado hacia la casa, lo cual podía resultar un poco extraño, pero dadas las circunstancias la niña lo entendió.

Unos seis metros más allá del jardín y las flores y el banco con la placa, todo cambiaba: paralela a la casa discurría una enorme alambrada, con la parte superior inclinada hacia dentro, que se extendía en ambas direcciones hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Era una alambrada muy alta, incluso más que la casa donde se hallaban los niños, y estaba sostenida por gruesos postes de madera, como los de telégrafos, repartidos a intervalos. En lo alto, gruesos rollos de alambre de espino enredados formaban espirales. Gretel sintió un escalofrío al ver las afiladas púas.

Detrás de la alambrada no crecía hierba; de hecho, a lo lejos no se veía ningún tipo de vegetación. El suelo parecía de arena, y Gretel sólo vio pequeñas cabanas y grandes edificios cuadrados, separados entre ellos, y una o dos columnas de humo a lo lejos. Abrió la boca para decir algo, pero no encontró palabras para expresar su sorpresa, así que hizo lo único sensato que se le ocurrió: volver a cerrarla.

—¿Lo ves? —dijo Bruno a su espalda. Estaba satisfecho de sí mismo porque, fuera lo que fuese aquello que se veía y fueran quienes fuesen aquellas personas, él lo había visto primero y podría verlo siempre que quisiera, puesto que se veía desde su ventana y no desde la de Gretel. Por tanto, todo aquello le pertenecía: él era el rey de todo lo que contemplaban y ella su humilde subdita.

—No lo entiendo —admitió Gretel—. ¿A quién se le ocurriría construir un sitio tan horrible?

—¿Verdad que es horrible? Me parece que esas casuchas sólo tienen una planta. Mira qué bajas son.

—Deben de ser casas modernas —sugirió su hermana—. Padre odia las cosas modernas.

—Entonces no creo que le gusten.

—No —dijo Gretel, y siguió contemplándolas.

Tenía doce años y se la consideraba una de las niñas más inteligentes de su clase, así que apretó los labios, entornó los ojos y se exprimió el cerebro para comprender qué era aquello.

—Esto debe de ser el campo —concluyó al fin, volviéndose a mirar a su hermano con expresión de triunfo.

—¿El campo?

—Sí, es la única explicación, ¿no te das cuenta? Cuando estamos en casa, en Berlín, estamos en la ciudad. Por eso hay tanta gente y tantas casas, y tantas escuelas llenas de niños, y no puedes caminar por el centro de la ciudad un sábado por la tarde sin que la multitud te empuje.

—Ya... —asintió Bruno, intentando seguir el razonamiento.

—Pero en clase de Geografía nos enseñaron que en el campo, donde están los granjeros y los animales, y donde se cultivan los alimentos, hay zonas inmensas como ésta donde vive y trabaja la gente que envía a la ciudad todo lo que nosotros comemos. —Miró de nuevo por la ventana y contempló la gran extensión que se abría ante ella, fijándose en las distancias que había entre las cabanas—. Sí, debe de ser eso. Es el campo. A lo mejor ésta es nuestra casa de veraneo —añadió esperanzada.

John Boyne (El niño con el pijama de rayas)

* * * * *

Es el año 1942, Bruno tiene 9 años y vive con su familia en una comfortable casa de Berlín donde lleva una vida feliz y agradable. Un día su padre es enviado a una nueva misión militar y toda la familia deberá acompañarle. Pasar de vivir en una bonita casa de ciudad a una perdida en un lugar apartado será un golpe duro para Bruno, sobre todo porque no hay nadie con quien hablar ni niños con los que jugar.

Observando por la ventana de su cuarto descubrirá un mundo distinto al otro lado de una alambrada. Un mundo que no entiende donde toda la gente pulula en pijama durante todo el día. ¿Quienes serán esas personas?

(La opinión de Gonzalo próximamente, desde el mismo København)

5 de septiembre de 2008

Algunas segundas partes sí son buenas

"Nunca es tarde para ser lo que deberías haber sido".

George Elliot
* * * * *

For a moment no one spoke. In the silence, they heard a man shout. Merthin sprang to his feet, heart thudding. He heard another shout, a different voice: there was more than one person. Both sounded aggressive and angry. Some kind of fight was going on. He was terrified, and so were the others. As they stood frozen, listening, they heard another sound, the noise made by a man running headlong through woodland, snapping fallen branches, flattening saplings, trampling dead leaves.

He was coming their way.

Caris spoke first. ‘The bush,’ she said, pointing to a big cluster of evergreen shrubs – probably the home of the hare Ralph had shot, Merthin thought. A moment later she was flat on her belly, crawling into the thicket. Gwenda followed, cradling the body of Hop. Ralph picked up the dead hare and joined them. Merthin was on his knees when he realized that they had left a tell-tale arrow sticking out of the tree trunk. He dashed across the clearing, pulled it out, ran back and dived under the bush.

They heard the man breathing before they saw him. He was panting hard as he ran, drawing in ragged lungfuls of air in a way that suggested he was almost done in. The shouts were coming from his pursuers, calling to each other: ‘This way – over here!’ Merthin recalled that Caris had said they were not far from the road. Was the fleeing man a traveller who had been set upon by thieves?

A moment later he burst into the clearing.

He was a knight in his early twenties, with both a sword and a long dagger attached to his belt. He was well dressed, in a leather travelling tunic and high boots with turned-over tops. He stumbled and fell, rolled over, got up, then stood with his back to the oak tree, gasping for breath, and drew his weapons.

Merthin glanced at his playmates. Caris was white whit fear, biting her lip. Gwenda was hugging the corpse of her dog as if that made her feel safer. Ralph looked scared, too, but he was not too frightened to pull the arrow out of the hare’s rump and stuff the dead animal down the front of his tunic.

For a moment the knight seemed to stare at the bush, and Merthin felt, with terror, that he must have seen the hiding children. Or perhaps he had noticed broken branches and crushed leaves where they had pushed through the foliage. Out of the corner of his eye, Merthin saw Ralph notch an arrow to the bow.

Then the pursuers arrived. They were two men-at-arms, strongly built and thuggish-looking, carrying drawn swords. They wore distinctive two-coloured tunics, the left side yellow and the right green. One had a surcoat of cheap brown wool, the other a grubby black cloak. All three men paused, catching their breath. Merthin was sure he was about to see the knight hacked to death, and he suffered a shameful impulse to burst into tears. Then, suddenly, the knight reversed his sword and offered it, hilt first, in a gesture of surrender.

The older man-at-arms, in the black cloak, stepped forward and reached out with his left hand. Warily, he took the proffered sword, handed it to his partner, then accepted the knight’s dagger. Then he said: ‘It’s not your weapons I want, Thomas Langley.’

‘You know me, but I don’t know you,’ said Thomas. If he was feeling any fear, he had it well under control. ‘By your coats, you must be the queen’s men.’

The older man put the point of his sword to Thomas’s throat and pushed him up against the tree. ‘You’ve got a letter.’

‘Instructions from the earl to the sheriff on the subject of taxes. You’re welcome to read it.’ This was a joke. The men-at-arms were almost certainly unable to read. Thomas had a cool nerve, Merthin thought, to mock men who seemed ready to kill him.

The second man-at-arms reached under the sword of the first and grasped the wallet attached to Thomas’s belt. Impatiently, he cut the belt with his sword. He threw the belt aside and opened the wallet. He took out a smaller bag made of what appeared to be oiled wool, and drew from that a sheet of parchment, rolled into a scroll and sealed with wax.

Could this fight be about nothing more than a letter? Merthin wondered. If so, what was written on the scroll? It was not likely to be routine instructions about taxes. Some terrible secret must be inscribed there.

‘If you kill me,’ the knight said, ‘the murder will be witnessed by whoever is hiding in that bush.’

The tableau froze for a split second. The man in the black cloak kept his sword point pressed to Thomas’s throat and resisted the temptation to look over his shoulder. The one in green hesitated, then looked at the bush.

At that point, Gwenda screamed.

The man in the green surcoat raised his sword and took two long strides across the clearing to the bush. Gwenda stood up and ran, bursting out the foliage. The man-at-arms leaped after her, reaching out to grab her.

Ralph stood up suddenly, raised the bow and drew it in one fluid motion, and shot an arrow at the man. It went through his eye and sank several inches into his head. His left hand came up, as if to grasp the arrow and pull it out; then he went limp and fell like a dropped sack of grain, hitting the ground with a thump Merthin could feel.

Ralph ran out of the bush and followed Gwenda. At the edge of his vision Merthin perceived Caris going after them. Merthin wanted to flee too, but his feet seemed stuck to the ground.

There was a shout from the other side of the clearing, and Merthin saw that Thomas had knocked aside the sword that threatened him and had drawn, from somewhere about his person, a small knife with a blade as long as a man’s hand. But the man-at-arms in the black cloak was alert, and jumped back out of reach. Then he raised his sword and swung at the knight’s head.

Thomas dodged aside, but not fast enough. The edge of the blade came down on his left forearm, slicing through the leather jerkin and sinking into his flesh. He roared with pain, but did not fall. With a quick motion that seemed extraordinarily graceful, he swung his right hand up and thurst the knife into his opponent’s throat; then, his hand continuing in an arc, he pulled the knife sideways, severing most of the neck.

Blood came like a fountain from the man’s throat. Thomas staggered back, dodging the splash. The man in black fell to the ground, his head hanging from his body by a strip.

Thomas dropped the knife from his right hand and clutched his wounded left arm. He sat on the ground, suddenly looking weak.

Merthin was alone with the wounded knight, two dead men-at-arms, and the corpse of a three-legged dog. He knew he should run after the other children, but his curiosity kept him there. Thomas now seemed harmless, he told himself.

The knight had sharp eyes. ‘You can come out,’ he called. ‘I’m no danger to you in this state.’

Hesitantly, Merthin got to his feet and pushed his way out of the bush. He crossed the clearing and stopped several feet away from the sitting knight.

Thomas said: ‘If they find out you’ve been playing in the forest, you’ll be flogged.’

Merthin nodded.

‘I’ll keep your secret, if you’ll keep mine.’

Ken Follett (World without end)

* * * * *

La acción transcurre un par de siglos más tarde que la del primer libro de la saga "Los pilares de la tierra" en el mismo pueblo de Kingsbridge, y nuevamente la catedral juega un papel protagonista.

En el día de Todos los Santos del año 1327, los que serán los protagonistas de la historia se conocen siendo aún niños: Caris, la hija de Edmund Wooler, un rico comerciante de lana; Gwenda, hija de una familia de pobres campesinos sin tierras y los hermanos Merthin y Ralph, hijos de un caballero venido a menos, Sir Gerald.

Esa tarde, los niños se adentran en el bosque que rodea el pueblo entre juegos y risas pero se verán envueltos en un combate a muerte entre caballeros que acabará con la promesa de silencio por parte de los niños de lo que acaban de presenciar y con el ingreso del caballero superviviente, Sir Thomas de Langley, como monje en el priorato de Kingsbridge.

Este es el punto de partida de una intrincada trama de amor y de odio, de ambición y de venganza, de lucha sin fin por defender unos ideales y conseguir unas metas que se encontrarán con una infinidad de obstáculos en el camino, y que tiene como fondo amenazador la Peste Negra que aniquiló a la mitad de la población europea.

No es posible hacer un resumen más extenso y detallado de la historia sin desvelar al futuro lector algunas de sus partes de más intriga y emoción. Este es un libro para devorar y destripar sin saber que es lo que va a ocurrir en la siguiente página. Cierto es que su volumen puede desanimar a lectores ocasionales, pero he de decir que, como “Los pilares de la tierra”, esta es una novela de mucha agilidad y con muy buen ritmo, lo cual ayuda al lector a no caer en el desaliento.

A pesar de otras opiniones, en principio de gente más docta en el tema que yo, me ha parecido una novela muy bien ambientada que retrata de manera admirable una clara imagen del medievo y en la que están representados todos los estamentos sociales de la época, lo que da mucha más riqueza y profundidad al marco histórico. Es evidente que el autor introduce elementos ficticios en la ambientación de la época, pero estos casan muy bien con la atmósfera general de la historia evitando perder rigurosidad.

Mucha gente se queja de que los personajes son demasiado extraordinarios, demasiado heroicos, y que eso hace que la historia pierda credibilidad. A mí me parece que aunque obviamente perteneciesen a una minoría, personas tan progresistas para la época como Caris o tan innovadoras como Merthin fueron precisamente los que impulsaron un cambio en la mentalidad que, como tantos otros a lo largo de la historia, fue necesario para que la sociedad de hoy en día haya llegado a ser lo que es.

También he oído decir que es una burda copia que el autor ha utilizado para sacarse un dinero a costa del éxito que en su día tuvo “Los pilares de la tierra”, que ha cambiado los nombres de los personajes y algunas pinceladas de la historia, pero que el libro viene a ser lo mismo. Sobre esto tengo que decir que en parte es cierto, son novelas muy parecidas. Si no disfrutaste con “Los pilares de la tierra”, ni te molestes en intentarlo con esta. Sin embargo, la similitud no es la que caracteriza al plagio sino más bien la que tienen dos discos de un mismo artista: si la fórmula del primero engancha al público, ¿por qué no repetir el mismo estilo musical? Yo sinceramente, no esperaba ni más ni menos que lo que he leído. Para mí, la fórmula magistral sigue teniendo el mismo exitoso efecto.

18 de febrero de 2008

Almas gemelas

"La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas".

Aristóteles
* * * * *

–Esas niñas no la conocerán bien –objetaba mi madre.

–Pero su laotong sí. Cuando esas dos niñas se casen y se marchen de su casa natal, se conocerán mutuamente mejor de lo que tú o yo conocemos a nuestros esposos.–Mi tía hacía una pausa al llegar a este punto–. A Lirio Blanco se le presenta la oportunidad de seguir un camino diferente al que tomamos tú o yo para llegar hasta aquí–añadía–. La relación con una laotong incrementará su valor y demostrará a los habitantes de Tongkou que merece una buena boda con alguno de ellos. Y, como la unión de dos laotong es para siempre y no se interrumpe cuando las muchachas contraen matrimonio, se fortalecerán los lazos con la gente de Tongkou y tu esposo (y todos nosotros) estará más protegido. Todo eso contribuirá a asegurar la posición de Lirio Blanco en la habitación de arriba de la casa de su futuro esposo. No será una lisiada, sino una mujer con unos lotos dorados perfectos, que ya habrá demostrado lealtad, fidelidad y capacidad para escribir en nuestra caligrafía secreta, pues durante años habrá sido laotong de una niña del pueblo de su marido.

Esta conversación, con innumerables variaciones, tenía lugar todos los días, y yo la escuchaba siempre. Lo que no lograba oír era cómo mi madre trasladaba todo esto a mi padre por la noche en la cama. Mi unión con Flor de Nieve le resultaría cara a mi padre–el continuo intercambio de regalos entre las laotong y sus familias, compartir nuestra comida y el agua con ella durante sus visitas a nuestra casa y los gastos de mis viajes a Tongkou–, y él no tenía dinero. Pero, como había dicho la señora Wang, era tarea de mi madre convencerlo de que aquella unión nos convenía. Mi tía también colaboraba susurrando cosas al oído de mi tío, pues el futuro de Luna Hermosa estaba ligado al mío. Quien diga que las mujeres no pueden influir en las decisiones de los hombres comete un enorme y estúpido error.

Al final mi familia escogió la opción que yo deseaba. Después hubo que decidir cómo contestaría a Flor de Nieve. Mi madre me ayudó a acabar un par de zapatos que yo estaba bordando para enviárselos como primer regalo, pero no sabía aconsejarme respecto a la respuesta escrita. Normalmente el mensaje de respuesta se mandaba en otro abanico, que pasaría a formar parte de lo que podríamos considerar el intercambio de regalos de “boda”. Pero a mí se me había ocurrido algo que rompía con la tradición. Cuando vi la guirnalda entretejida de Flor de Nieve en la parte superior del abanico, pensé en el viejo dicho: “Jacintos y papayas, largas enredaderas y profundas raíces. Las palmeras que crecen tras los muros del jardín, con profundas raíces, duran mil años”. Para mí esas palabras resumían cómo deseaba que fuera nuestra relación: profunda, entrelazada, eterna. Quería que aquel abanico fuera símbolo de ello. Sólo tenía siete años y medio, pero ya intuía en qué se convertiría aquel abanico con todos sus mensajes secretos.


Lisa See (El abanico de seda)

* * * * *

Con la China antigua de tradiciones milenarias como contexto, se narra la especial relación entre dos mujeres que de niñas fueron unidas en calidad de laotong o "almas gemelas", un vínculo que dura toda la vida, mucho más importante que el que representan las hermanas de juramento o incluso que el matrimonio. Ambas pasarán juntas por el trance del vendado de los pies y aprenderán todo lo que una mujer debe saber para ser una buena esposa.

En un mundo donde la mujer está sometida a la férrea autoridad masculina, ellas encontrarán su refugio en el nu shu, la escritura secreta de las mujeres, que usarán para mantener una continua correspondencia que las invita a soñar y a imaginar un mundo diferente. En abanicos y pañuelos darán cuenta de lo que nadie conoce: sus más íntimos pensamientos y emociones, y gracias a esa vía secreta de comunicación se consolarán de las penalidades del matrimonio y la maternidad. Estos mensajes cumplirán también una función de rebeldía, de reivindicación de su dignidad. Como hijas, como esposas, como madres y como amigas.


Desde el punto de vista del ambiente en el que transcurre la historia, es un relato muy interesante para conocer las ancestrales costumbres y tradiciones al mismo tiempo que retrata cómo era la vida diaria de las familias. La lectura se hace fácil y amena mientras te adentras en el día a día de los personajes. La historia se centra con más detenimiento en el entorno de las mujeres y te traslada a la dura realidad de sus vidas de sumisión y obediencia.

Aunque la temática pueda parecer más atractiva para las mujeres, es una novela agradable que recomiendo a todos aquellos que disfruten con historias de relaciones humanas cotidianas y sinceras, así como conociendo mundos antiguos y exóticos como lo es la China milenaria de los emperadores.

11 de febrero de 2008

Triste

"El odio no se quita con el tormento, ni se expía por el martirio, ni se borra con sangre derramada".

* * * * *

El domingo por la tarde me escondí detrás de un árbol, en una plaza ajardinada que hay frente al edificio donde vivía Santi con su madre hasta poco antes de casarnos. A la hora que yo me figuraba, lo vi salir del portal y alejarse hacia la boca del metro. A Emili no le sorprendió mi llegada. Fuimos al grano. Me pidió, en el tono afable de costumbre, que la acompañara al final del pasillo. Nos detuvimos delante de la fotografía del señor de las gafas y el bigote. "Los líos mentales de Santiago tienen que ver con él." Al pronto no comprendí. ¿O es que aquel hombre de aspecto sosegado, con corbata burguesa y su pinta de devoto había usado tanta severidad que, a los veintitantos años de su muerte, continuaba aterrorizando al hijo? Para salir de dudas, le pregunté a Emili qué clase de hombre había sido su marido. Respondió que cariñoso y trabajador como él solo, aunque tirando a serio. "¿Y de qué murió?" "No murió. Lo mataron." Durante unos instantes me quedé sin habla. Ella, que debió de notar mi turbación, rompió sin inmutarse el silencio que a mí me resultaba tan embarazoso. "Era un cabezota. Nos avisaron que su nombre había aparecido en una lista, pero él se consideraba tan poco importante que rechazó la escolta. ¿Santiago no te ha contado nada de esto?" "Pues hasta ahora, no." "Una vez quité la fotografía del pasillo porque me lo mandó el psicólogo. Decía que al niño le vendrían recuerdos amargos cada vez que la mirase. No veas qué mal le sentó a Santiago. La tuve que sacar del ropero y volverla a su lugar. Bueno, pues ni siquiera entonces cambiamos una palabra sobre lo que pasó con su padre.” Yo había observado a Emili mientras hablaba. Comprendí que lo que de víspera me había parecido una expresión de bondad y ternura era en realidad la marca de un prolongado sufrimiento. De un sufrimiento vivido a solas. Se me puso un nudo en la garganta cuando dijo: “A mí me queda poca vida, pero Santiago aún tiene un largo trecho por delante. Te pido por Dios que me lo cures. Yo no he podido. Ésa es mi mayor espina”.

Fernando Aramburu (Los peces de la amargura)

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A manera de crónicas o reportajes, de testimonios en primera persona, de cartas o relatos contados a los hijos, este libro recoge fragmentos de vidas marcadas por el conflicto vasco en las que, sin dramatismo aparente, sólo asoma la emoción –a la par que el homenaje o la denuncia– de manera indirecta o inesperada.


Es difícil empezar a leer las historias en principio modestas, de una engañosa sencillez y no sentirse conmovido, sacudido –a veces, indignado– por la verdad humana con que están hechas. Se trata de una temática extremadamente dolorosa para tantas y tantas víctimas del crimen basado en la excusa política, que sólo un autor vasco, que vive el problema de cerca, podría contar de manera tan verídica y creíble. La variedad y originalidad de los narradores y de los enfoques, la riqueza de los personajes y sus diferentes vivencias logran componer, a modo de novela coral, un cuadro imborrable de los años de plomo y sangre que se han vivido en Euskadi.

10 de febrero de 2008

¿Metamorfosis?

"Desde una perspectiva puramente literaria, ésta es la época de Kafka, más incluso que la de Freud. Freud, siguiendo furtivamente a Shakespeare, nos ofreció el mapa de nuestra mente; Kafka nos insinuó que no esperáramos utilizarlo para salvarnos, ni siquiera de nosotros mismos".

Harold Bloom
* * * * *

- Ôshima, seas lo que seas, a mí me gustas, ¿sabes? -le digo. Es la primera vez en mi vida que pronuncio unas palabras parecidas. Me sonrojo.

- Gracias -dice Ôshima. Luego me pone con suavidad una mano en el hombro-. Es cierto que soy un poco diferente a los demás. Pero, fundamentalmente, yo también soy un ser humano. Me gustaría que lo tuvieras claro. No soy ningún fantasma. Soy un hombre normal. Y siento lo mismo que los demás, actúo igual que ellos. Sin embargo, a veces esta pequeña diferencia me parece un abismo insalvable. Claro que esto no tiene solución, lo mires como lo mires.

Alcanza el largo y afilado lápiz de encima del mostrador y se lo queda contemplando. El lápiz parece una extensión de sí mismo.

- Esto quería confesártelo lo antes posible. Quería que lo oyeras directamente de mis labios antes de que te lo dijera otra persona. Así que hoy…, en fin, ésta ha sido una buena ocasión. Claro que no puede decirse que haya resultado muy agradable, ¿no?

Asiento.

- Pero, tal como puedes ver, también soy un ser humano y también me he sentido discriminado en diversas ocasiones –explica Ôshima-. Y sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T.S. Eliot llama «hombres huecos». Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas. Personas, en definitiva, como esa pareja de antes.- Ôshima suspira y hace girar entre sus dedos el largo lápiz-. Sean gays, lesbianas, heterosexuales, feministas, cerdos fascistas, comunistas, Hare Krishnas. A mí tanto me da. A mí no me importa la bandera que enarbolen. Lo que no puedo soportar es a esos tipos huecos. Y cuando se pone uno delante no me puedo aguantar. Acabo soltando más cosas de la cuenta. Antes, por ejemplo, hubiera podido dejar que hablasen. O llamar a la señora Saeki y permitir que ella se encargara del asunto. Ella lo habría solucionado con cuatro sonrisas. Pero yo soy incapaz de hacerlo. Acabo diciendo cosas que no debería decir, haciendo cosas que no debería hacer. No puedo controlarme. Ése es mi punto débil. ¿Y sabes por qué?

- ¿Por qué si te tomaras en serio a cada una de las personas sin imaginación que se te pusieran delante no darías abasto? –pregunto.

- Exacto – dice Ôshima. Y con la goma del lápiz se aprieta suavemente la sien-. En realidad, es eso. Pero quiero que recuerdes una cosa Kafka Tamura. Y es que los que mataron al novio adolescente de la señora Saeki no fueron otros que esa clase de sujetos. Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son estas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y yo, semejantes sujetos, no quiero que entren aquí. –Ôshima señala las estanterías con la punta del lápiz. Se refería, por supuesto, a la totalidad de la biblioteca-. Yo no puedo tomarme a risa a gente como ésa.

Haruki Murakami (Kafka en la orilla).

* * * * *

Al cumplir los 15 años, Kafka Tamura se marcha de casa. Las malas relaciones con su padre, un escultor famoso convencido de que su hijo habrá de repetir el aciago sino del Edipo de la tragedia clásica, y la sensación de vacío producida por la ausencia de su madre y su hermana que les abandonaron siendo él pequeño son las razones de su huida. Por caprichos del destino llegará a Takamatsu, donde encontrará refugio en una peculiar biblioteca, travará amistad con Ôshima el bibliotecario y conocerá a una misteriosa mujer.

Otra historia, la de Satoru Nakata, se entrelaza con la de Kafka. En su infancia sufrió un extraño accidente que lo marcaría de por vida. A los sesenta años, pobre y solitario, abandona Tokio y emprende un viaje que le llevará a cruzarse con Kafka. Vidas y destinos se van entretejiendo en un curso inexorable que no atiende a razones ni voluntades. Pero a veces hasta los oráculos se equivocan.


Creo que lo que más me llamó la atención del libro fue la originalidad con la que está escrito. El solapamiento de tiempos da lugar, no sólo a una serie de flashbacks corrientes, sino a una línea temporal en la que es difícil discernir entre el pasado y el presente, y que transmite una sensación de surrealismo que te atrapa en la historia. Asimismo, sueño y vigilia se funden creando una atmósfera extraña pero absorbente.

Sus personajes existen en un mundo caracterizado por su inestabilidad psicológica; unas veces viven traumatizados por asuntos personales, mientras en ocasiones experimentan circunstancias paranormales, provenientes de un entorno donde ocurren cosas extrañas.

La trama, enrevesada en algunos momentos, despierta la curiosidad del lector en cada nuevo y sorprendente acontecimiento. Quizá el que queden cabos sueltos puede dejar a algunos con la decepcionante sensación de un argumento inconcluso, pero a mi me pareció que, a la vista del patrón seguido por el autor, no había otra forma de acabar que dejando algún misterio por resolver. En conjunto se trata de una obra inusual que me atrapó desde la primera página.