1 de octubre de 2008

Un drama mundial a través de los ojos de un niño

"La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente".

Víctor Hugo
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Para empezar, no eran niños. Al menos no todos. Había niños pequeños y niños mayores, pero también padres y abuelos. Quizá también algunos tíos. Y unas cuantas personas de las que viven en las calles y que parecen no tener familia.

—¿Quiénes son? —preguntó Gretel, tan boquiabierta como solía quedarse su hermano últimamente—. ¿Qué clase de sitio es ése?

—No estoy seguro —dijo Bruno, sin faltar a la verdad—. Pero no es tan bonito como Berlín, eso sí lo sé.

—¿Y dónde están las niñas? ¿Y las madres? ¿Y las abuelas?

—A lo mejor viven en otra zona.

Gretel no quería seguir mirando, pero le resultaba muy difícil apartar la mirada. Hasta entonces, lo único que había visto era el bosque hacia el que estaba orientada su ventana; parecía un poco oscuro, pero quizá más allá hubiera algún claro donde hacer meriendas campestres. Sin embargo, desde aquel lado de la casa el panorama era muy diferente.

A primera vista no estaba tan mal. Justo debajo de la ventana de Bruno había un jardín bastante grande y lleno de flores en pulcros y ordenados arriates. Parecían muy bien cuidados por alguien que hubiera comprendido que plantar flores en un sitio como aquél era una buena idea, como lo habría sido, durante una oscura noche de invierno, encender una velita en el rincón de un lúgubre castillo situado en medio de un brumoso páramo.

Más allá de las flores había un bonito adoquinado con un banco de madera, donde Gretel se imaginó sentada al sol leyendo un libro. En el respaldo del banco se veía una placa, pero desde aquella distancia no logró leer la inscripción. El asiento estaba orientado hacia la casa, lo cual podía resultar un poco extraño, pero dadas las circunstancias la niña lo entendió.

Unos seis metros más allá del jardín y las flores y el banco con la placa, todo cambiaba: paralela a la casa discurría una enorme alambrada, con la parte superior inclinada hacia dentro, que se extendía en ambas direcciones hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Era una alambrada muy alta, incluso más que la casa donde se hallaban los niños, y estaba sostenida por gruesos postes de madera, como los de telégrafos, repartidos a intervalos. En lo alto, gruesos rollos de alambre de espino enredados formaban espirales. Gretel sintió un escalofrío al ver las afiladas púas.

Detrás de la alambrada no crecía hierba; de hecho, a lo lejos no se veía ningún tipo de vegetación. El suelo parecía de arena, y Gretel sólo vio pequeñas cabanas y grandes edificios cuadrados, separados entre ellos, y una o dos columnas de humo a lo lejos. Abrió la boca para decir algo, pero no encontró palabras para expresar su sorpresa, así que hizo lo único sensato que se le ocurrió: volver a cerrarla.

—¿Lo ves? —dijo Bruno a su espalda. Estaba satisfecho de sí mismo porque, fuera lo que fuese aquello que se veía y fueran quienes fuesen aquellas personas, él lo había visto primero y podría verlo siempre que quisiera, puesto que se veía desde su ventana y no desde la de Gretel. Por tanto, todo aquello le pertenecía: él era el rey de todo lo que contemplaban y ella su humilde subdita.

—No lo entiendo —admitió Gretel—. ¿A quién se le ocurriría construir un sitio tan horrible?

—¿Verdad que es horrible? Me parece que esas casuchas sólo tienen una planta. Mira qué bajas son.

—Deben de ser casas modernas —sugirió su hermana—. Padre odia las cosas modernas.

—Entonces no creo que le gusten.

—No —dijo Gretel, y siguió contemplándolas.

Tenía doce años y se la consideraba una de las niñas más inteligentes de su clase, así que apretó los labios, entornó los ojos y se exprimió el cerebro para comprender qué era aquello.

—Esto debe de ser el campo —concluyó al fin, volviéndose a mirar a su hermano con expresión de triunfo.

—¿El campo?

—Sí, es la única explicación, ¿no te das cuenta? Cuando estamos en casa, en Berlín, estamos en la ciudad. Por eso hay tanta gente y tantas casas, y tantas escuelas llenas de niños, y no puedes caminar por el centro de la ciudad un sábado por la tarde sin que la multitud te empuje.

—Ya... —asintió Bruno, intentando seguir el razonamiento.

—Pero en clase de Geografía nos enseñaron que en el campo, donde están los granjeros y los animales, y donde se cultivan los alimentos, hay zonas inmensas como ésta donde vive y trabaja la gente que envía a la ciudad todo lo que nosotros comemos. —Miró de nuevo por la ventana y contempló la gran extensión que se abría ante ella, fijándose en las distancias que había entre las cabanas—. Sí, debe de ser eso. Es el campo. A lo mejor ésta es nuestra casa de veraneo —añadió esperanzada.

John Boyne (El niño con el pijama de rayas)

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Es el año 1942, Bruno tiene 9 años y vive con su familia en una comfortable casa de Berlín donde lleva una vida feliz y agradable. Un día su padre es enviado a una nueva misión militar y toda la familia deberá acompañarle. Pasar de vivir en una bonita casa de ciudad a una perdida en un lugar apartado será un golpe duro para Bruno, sobre todo porque no hay nadie con quien hablar ni niños con los que jugar.

Observando por la ventana de su cuarto descubrirá un mundo distinto al otro lado de una alambrada. Un mundo que no entiende donde toda la gente pulula en pijama durante todo el día. ¿Quienes serán esas personas?

(La opinión de Gonzalo próximamente, desde el mismo København)

18 de septiembre de 2008

La carga del antihéroe

"El principal motivo de la prolongada popularidad de Flashman es simplemente el hecho de que el señor Fraser escribe soberbiamente".

The Washington Post

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-Flashman -me dijo-, sir Alexander me dice que se lleva usted de maravilla con los afganos. Pensando en las mujeres, convine en que, efectivamente, era cierto.

-Bueno, pues, ¿habla usted también su endiablado dialecto?

-Aceptablemente bien, señor.

-Eso significa que es usted mucho mas previsor que la mayoría de nosotros. No debería hacerlo, pero, siguiendo la sugerencia de sir Alexander...-aquí Burnes me dirigió una sonrisa que, a mi modo de ver, no presagiaba nada bueno- ...y puesto que es usted el hijo de un antiguo amigo mío, voy a encomendarlo una tarea. Una tarea que contribuirá a favorecer su ascenso si la cumple usted como es debido, ¿comprende? -me miró un instante y después añadió, dirigiéndose a Burnes- ¡Maldita sea, Sandy, es tremendamente joven! [...] Va usted a ser nuestro correo, como hacen los hombres del señor Rowland Hill en Inglaterra. Llevará nuestros mensajes de buena voluntad a Sher Afzul, se los entregará, le dirá que to
do marcha estupendamente bien, se mostrará amable con ese viejo demonio que, por cierto, está medio loco, y le tranquilizará en caso de que todavía esté preocupado y cosas por el estilo.

[...] Parte de mis reflexiones debieron reflejarse en mi rostro, pues Cotton me preguntó con la cara muy seria qué ocurría. ¿Acaso no quería ir?

-Por supuesto que sí, señor -contesté, mintiendo descaradamente-. Pero... bueno, es que todavía estoy muy verde, un oficial más experto...

-No se preocupe -dijo Burnes, sonriendo.


George McDonald Fraser (Harry Flashman)

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En este libro, uno de los muchos de la saga de sir Harry Flashman, el antihéroe se convierte en un involuntario agente secreto en la Afganistán de la época Victoriana al servicio del Imperio Británico, culminando en uno de los más deshonrosos episodios en la historia militar reciente: la retirada de Kabul.

Harry Flashman, que se autodefine como "jueguista, mentiroso, hipócrita y cobarde" es uno de los soldados más laureados de la historia del Imperio Británico. Los libros de la saga de Flashman nos ayudan a comprender el porqué y son maravillosamente entretenidos. En Afganistán, Madagascar, Singapur o los esclavistas Estados Unidos, Flashman siempre consigue que se le encasquete un marrón del que sale aún con más fama que antes, en parte gracias a sus únicas tres virtudes: el don de lenguas, la equitación y la fornicación. Leer a Flashman es, más que recrearse en una novela de aventuras, conocer al antihéroe que cada uno de nosotros lleva por dentro, para envidiarle, reírnos de su penosa situación y envidiarle de nuevo. Leed un libro de este caballero y no tardaréis en buscar otro mientras pensáis :"Yo también querría ser como sir Harry Flashman".

La vida bohemia

-Pero... estos versos no son muy modernos que digamos -se quejaba Isaac del Vando, al posar la mirada sobre aquellos endecasílabos que había escrito Gálvez, perfectos como columnas de mármol.

Guillermito se sumó a la queja en su particular jerga:

-Gálvez no comunica sinfronismos espirituales. Se adivina su actitud sitibunda y noviestructural, pero no evidencio en él estética alboreal o intuible de primicias.

-Es un advenedizo del Ultra - traduje yo.

El argentino Borges salió en defensa de Gálvez:

-Si él es un advenedizo del Ultra, nosotros somos advenedizos de la Poesía.

Me molestaba aquella insidiosa sinceridad del argentino, propia de un niño o de un imbécil. Adriano del Valle, el lugarteniente del Ultra en Sevilla, zanjó la discusión; el uniforme de recluta le daba un aspecto oleaginoso, como de morcilla conservada en aceite:

-Vámonos rápido. ¿O es que esperáis a que me den el toque de diana?

Juan Manuel de Prada (Las máscaras del héroe)

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A lo largo de seiscientas páginas, el autor describe la vida bohemia de los literatos pertenecientes a la época reformista de principio del siglo XX, con personajes como Jorge Luis Borges, Rafael Cansinos-Assens, Ramón Gómez de la Serna o el infravalorado protagonista, Pedro Luis de Gálvez.

"Genial" es el único adjetivo aplicable a esta monumental obra. Magníficamente documentada, divertidísima, cruel y sobre todo entretenida; el retrato de los famosos personajes que solo se reconocen como nombres en algún examen de literatura es sencillamente exquisito, sabiendo alternar descripciones costumbristas con realismo épico y una buena dosis de escenas picantes, en las que los protagonistas hacen gala de sus patetismo. Demitificación definitiva de los movimientos modernistas, dadaístas o ultraístas (como en el párrafo seleccionado) que, según Fernando Navales, "se concibieron en una noche de vino". Por último, cabe destacar que el libro reivindica la figura de uno de los poetas más injustamente tratado de todo el siglo XX, Pedro Luis de Gálvez, que a pesar de ser una persona despreciable tiene en su antología "Negro y Azul" una de las colecciones de poemas más bellas en nuestra lengua.